MARCOS 13.1-8
Pentecostés 24
14 de Noviembre, 2009
Texto: S. Marcos 13.1-8
Título: El Fin Asegurada
Predicador: William Bradford
Idea Central: Las pruebas de vida son dolores de parto que confirman el propósito de Dios.
1. Introducción:
1.1. Cuando mi esposa estaba embarazada con nuestro primer bebé, nuestra hija, Mollie, ella se fue al hospital a solas para su último chequeo. Yo me había ido con un amigo a jugar deporte. (Mala idea) Pero, al iniciar su consulta con el médico, el médico inmediatamente dijo: “Éste no es un mero chequeo. Tú no puedes salir. Este bebé viene hoy.” Yo no sabía nada y no tuvimos celular. Ella ya estaba con los dolores de parto…más o menos a la 1 p.m. Mi amigo me dejó en casa y revisé los mensajes de teléfono. Me quedé frío al escuchar pensando que tal vez ya nació nuestro querido bebé y por sonso no estuve allí ni tuve movilidad para llegar. De toda prisa llamé mi amigo gritando, “¡Apúrate! ¡Llévame!” Vino él y hicimos piques hasta el hospital. Corrí como loco a su cuarto y no estaba. “Caray, ¿Ya está dando a luz?” Pensé. Encontré a una enfermera: “¿Dónde está mi esposa?” Ah, tú esposa está dando vueltas caminando por el pasadizo tratando de animar al bebé a moverse más rápido. Ah, ¡qué alivio! Estaba con dolores de parto pero sólo al inicio. Acabamos caminando por unas 4 horas hasta entrar en la sala de parto y Mollie nació a las 8:08 p.m. Sus dolores de parto no indicaron que el evento era inmediato, pero sí garantizaban que el evento estaba en proceso y siguiendo el orden establecido.
1.2. Las pruebas de vida son dolores de parto que confirman el plan perfecto de Dios.
2. El hombre queda fijado en lo visto.
2.1. Belleza e Identidad:
Noten la exclamación del discípulo: “¡Mire, maestro! ¡Que grandes piedras! ¡Que maravillosos edificios! El discípulo, representando seguramente la actitud de los otros discípulos, queda atónito, bastante impresionado por la belleza e importancia del templo.
De veras el templo construido por Herodes el Grande era increíble. Se empleaban piedras blancas bien grandes que tuvieron una apariencia estremecedora al uno subir a Jerusalén. Y, el templo ostentaba patios, balcones y pórticos que intensificaban su hermosura. Además, la grandeza del complejo era impresionante. Al templo se conectaban varios otros edificios y plazas que abarcaban 1/6 de la ciudad original de Jerusalén. Era considerado realmente una maravilla del mundo antiguo. Los rabíes, aunque no les caía bien por nada Heródes el grande, sí decían: “Él que no ha visto Jerusalén en su esplendor jamás ha visto una ciudad deseable en su vida. Él que no ha visto el templo en su acabada construcción, jamás ha visto un edificio glorioso en su vida” (Lane 1974, 451).
Y, en cuanto a importancia, el templo era imprescindible. El templo era el centro de la religión e identidad de los judíos. Todo se centraba allí. Era la señal que Dios habitaba en su medio y que Dios les había escogido de entre las naciones. Recuerdan que Dios escogió el lugar santísimo como el recinto de su trono, donde él habitaba entre los querubines. Y, recuerdan que la gente tenía que traer sus sacrificios allí para ofrecerlos a Dios.
2.2. Peligro:
Todo esto está bien, pero siempre hubo una tendencia de cultivar una actitud incorrecta del templo. Digo esto en el sentido de ver en el templo una señal del prestigio de la nación de Israel, como que Dios les había escogido para gozar de sus privilegios aparte de las naciones. Recuerdan en Jeremías 7, el profeta castiga al pueblo por su refrán “El templo de Dios, el templo de Dios, el templo de Dios,” como que no importaba lo que hacía la gente, porque Dios automáticamente les bendeciría y protegería por causa de la presencia del templo. Y, en el mismo capítulo, la gente cumplen los sacrificios pero además, oprimen los pobres y adoran otros dioses. El templo, pues, se hace un amuleto que les garantiza la bendición y protección de Dios sin que ellos les adoren y honren de todo corazón.
Ahora, notan una tendencia en sus propios corazones, de confiar en lo visto para su aceptación con Dios: Su membresía o frecuencia en una Iglesia o su identidad familiar o cultural. A veces podemos decir: “Sí estoy bien porque yo voy allí para la misa.” O, “Sí quedo bien con Dios. Ésta es mi Iglesia.” O, “Sí tengo un tío que es evangelista.” O, “Sí, toda mi familia esta en la religión.” O, “Sí, soy peruano, pues, soy católico.”
Pero, esta manera de pensar en su caminata con Dios es basarte en lo visto, lo externo, sin darse cuenta del hecho de que la fe verdadera es una relación de dependencia constante en el Señor. Mientras estamos en esta vida, tendremos esta tendencia de basar nuestra relación con Dios en otras cosas que una fe viva en Él.
Es muy fácil vivir así. Todos queremos algo de religión porque nos hace sentirse bien. Es como una vida balanceada—vida social, familiar, académica, vocacional, y religiosa. Pero, si estamos honestos, realmente somos absortos en nosotros mismos; nuestro bien queda en el centro de nuestra vida. No vivimos para Dios sino para nosotros mismos. Ante las incertidumbres de la vida, deseamos a toda costa conservar nuestra dignidad, felicidad, salud, y bienestar.
Esta complacencia o confesión hueca o hipocresía es una verdadera posibilidad para nosotros.
¿Qué hacemos?
3. Dios juzgará de verdad.
Tenemos que atender las palabras de Jesús acerca de historia del mundo considerada desde el punto de vista de Dios. Siempre es crucial cultivar una mentalidad Dios-céntrico en vez de humano. El humano tiene a juzgar según lo que se ve; mientras Dios juzga según el corazón.
Jesús les responde tajantemente: “No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.” “¿Qué?” piensa el discípulo. “¿Cómo puede ser? ¿Tan hermoso, grande e importante?”
Jeremías 7 habla de igual manera. Una vez más, la gente tenía mucha confianza en la belleza y privilegio del templo y su identidad como pueblo de Dios. Veían su relación con Dios como algo automático, dado, casi innato. Y, aunque rendía culto a Dios, no era de corazón sino mezclado con una amplia gama de idolatría y egoísmo. Por eso, en Jeremías 7 el profeta profetiza la destrucción del templo. Dios era paciente, pero hubo un límite. No toleraría para siempre una relación vacía de sinceridad. En el año 586 a.C. Nabucodonosor vino y arrasó al templo, llevando casi todos los restantes entre los judíos a Babilonia en cautiverio.
En su misericordia, los restauró a su tierra; por eso, los discípulos pueden hablar sobre el nuevo templo. Pero, lo que Jesús dice aquí es como una repetición de lo que Jeremías dijo. Por su hipocresía nuevamente Dios iba a destruir el templo—por completo. Recuerdan que Jesús dijo en Marcos 11.17: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, mas ustedes lo han hecho cueva de ladrones.” Una vez más, Jeremías 7 reprende al pueblo por hacer la casa de Dios una cueva de ladrones también. En vez de orar y buscar bendecir las naciones en el templo, están dedicados a su lucro y ganancia.
Ahora, el pecado del pueblo ahora es aun peor. ¿Por qué? Porque el meollo de su pecado ahora es su rechazo de Jesús. El verdadero Mesías, el verdadero Hijo ha venido y lo han rechazado. Rechazar al de que el templo debería señalar es rechazar el propósito fundamental del templo. Por eso, Dios determina llevarlo abajo.
Recuerdan que los judíos en Mateo 27.25 gritan: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Los judíos tanto rechazan al hijo y lo entregan a crucifixión que toman un juramento auto-maldiciente ante Dios.” Bueno, Jesús pues en este pasaje está diciendo que Dios va a cumplir con este juramento—los va a juzgar por rechazar al hijo.
Todo esto sucedió finalmente en 70 d.C. El Emperador Tito vino y finalmente destruyó a la nación de los judíos y Jerusalén y el templo. Los que creían en el Señor se escapó. Pero los que lo rechazaron pereció allí.
Pero, este juicio en tiempo sobre la nación de Israel queda como una advertencia del Día de Juicio, cuando Jesús venga en gloria para juzgar a los que le niegan y recibir a los que han confiado de corazón en él. En la perspectiva divina, el final juicio es algo importante. Nosotros tendemos a olvidarnos de que algún día tendremos que rendir cuentas a Dios por cómo hemos respondido a su Hijo, pero en la mente de Dios es algo bien central. Al hablar así, pues, Jesús quiere poner al frente de nosotros la realidad del fin, de la consumación de tiempo, de tribunal de Dios. ¿Saben que ahora es el tiempo de salvación? Más tarde es el juicio.
Al destruir el templo como precursor del final juicio, todo lo que el templo simbolizaba está subsumido en el Hijo. Recuerdan que cuando Jesús está en la cruz, la gente se burla de él diciendo, “¡Bah! Tú que derribas el templo de Dios, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo, desciende de la cruz.” Pero, Jesús se queda en la cruz expresamente para poder reedificar al templo, el templo de su cuerpo. En su cuerpo, más que el templo jamás pudiera hacer, Jesús sirvió del lugar donde Dios podía reunirse con su pueblo. Se ofrecía sacrificios en el templo; pero, el cuerpo de Jesús fue ofrecido una sola vez para pagar por completo nuestros pecados. Por eso, unido a Jesús Dios puede reunirse cabalmente con nosotros. Nuestra fe centra en Él.
Así que al responder así, Jesús se pone el juicio por delante y su persona como el más imprescindible, central, importante. ¿Cómo han respondido a Él?
4. Dios envía pruebas para advertir del fin.
El problema es que es difícil que la gente se despierten y se den cuenta de la realidad del juicio y la importancia de Jesús. Sus vidas diarias asuman tanta importancia y luchan por levantar su rostro y considerar su destino.
Por eso, Dios permite una serie de “dolores de parto.” Esto dolores no son el juicio final, pero advierten hacia él. Dios sacude su cetro ante de golpear. Dios no desea que nadie parezca. Por eso, utiliza los dolores de parto como un micrófono y equipo que grita en nuestros oídos—el juicio ya viene; aférrense a mi Hijo. Realmente murió por sus pecados y se levantó para su vida eterna. Únanse a Él por fe.
Jesús profetiza 1.) Personas que vendrán que se arrogan poderes, dignidad y autoridad de Dios: “en mi nombre.” Es decir, poniéndose en mi lugar y arrogándose privilegios divinos o salvíficos. 2.) Guerras y rumores de guerras. Se levantarán nación contra nación y reino contra reino. 3.) Terremotos, hambres y alborotos. Todo esto, en vez de poner en tela de juicio la existencia de Dios y un plan bueno, son confirmaciones que garantizan que el fin, el juicio, vendrá.
Ahora, los Cristianos en Roma a los cuales Marcos escribe entre 60-70 necesitaban escuchar esto. En Roma el Emperador Nerón estaba echando la culpa a los Cristianos por varios problemas, especialmente un incendio terrible en Roma. Los Cristianos estaban siendo perseguidos de manera injusta y cruel—crucificados, encendidos como lámparas, entregados a bestias. Era un tiempo de peligro, confusión y temor. Pero, los Romanos necesitaban saber que estos eventos no estaban fuera del control de Dios, sino que advertían al mundo de su pronto juicio final. Y, ellos podían tener el privilegio de sufrir tal como Cristo para poder hacer buena confesión de su confianza en la vida eterna frente a las pruebas y persecuciones temporales a manos de los incrédulos. Esto, la historia nos dice, tuvo gran impacto entre las masas en Roma, de tal forma que para el tercer siglo muchos habían puesto su fe en Jesús.
Hermanos, sé que muchos de ustedes están pasando tiempos difíciles. Los eventos no están fuera de las manos del Señor, ni ponen su control en tela de juicio. Mas bien, son maneras en que ustedes pueden sufrir como Cristo y señalar ante el mundo donde está su confianza. Además, son advertencias ante el mundo del juicio final, pues, garantizan que sí vendrá un día.
5. Conclusión:
Que nosotros quienes confían en Jesús como único mediador entre Dios y los hombres, profundizar nuestra fe durante los dolores de parte, y que podamos hablar palabras en tiempo al mundo, diciendo que sí el juicio viene y ahora es tiempo de depositar su fe en Jesús, quien fue crucificado para darnos perdón y justicia ante el tribunal de Dios. Él es el verdadero templo en quien encontramos seguridad, protección y bendición. Amén.